CARNAVAL COITECO (OCOZOCUAUTLA CHIAPAS)

CARNAVAL COITECO (OCOZOCUAUTLA CHIAPAS)

sábado 1 de enero de 2011

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MINIFALDAS
Arcadio Acevedo



EL BIGOTES
El Bigotes, jefe de plaza de la llamada Familia Michoacana en las poblaciones de La Mira y Guacamayas, fue detenido el pasado fin de semana. En conferencia de prensa, el jefe de la División de Seguridad Regional de la Policía Federal (PF), Luis Cárdenas Palomino, informó que ese sujeto fue capturado con cuatro de sus colaboradores encargados de brindarle seguridad.

LA MOSTAZA
Hace 21 años, tres amigos de la Colonia Lindavista, en el Distrito Federal, asesinaron a sangre fría al taxista Jesús Palafox Aranda. Después de matarlo se fueron a un bar de moda de la Zona Rosa y bebieron champaña. Hoy, uno de esos tres jóvenes que fue acusado de homicidio calificado, pero cuyo crimen quedó impune, es brazo derecho del Secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. Su nombre es Luis Cárdenas Palomino y es el Coordinador General de Inteligencia para la Prevención del Delito de la Policía Federal Preventiva.


Margarita Gralia

CARTA A VALERIA
Viernes 10.39 horas. Te platico, Valeria: Hoy temprano he arreglado asuntos pendientes: acordé con mis hijos Arturo y Fuensanta que este año nuevo no lo descorcharíamos juntos. Me muero por verlos y ellos me han dicho cuánto me extrañan. Pero la patria sigue estando pobre.

Les he enviado, pues, en una sola remesa, la modesta cantidad que se habría gastado en pasajes de ida y vuelta, en alimentación y en algunas diversiones durante su estancia en Tuxtla. De esta manera podrán comprarse algo material que necesiten con urgencia, acosados por la necesidad o por el simple gusto.

Jennifer, la mayor, me ha escrito una carta a la vieja usanza. Ya había olvidado la emoción de recibir de manos del cartero una misiva inesperada, una tarjeta navideña. “Añoro las Nochebuenas a tu lado. Extraño las recetas que cocinabas. Se me hace agua la boca al recordarlo”, me susurra en ese tono de flauta dulce que le es tan propio, en ese su color celeste inenarrable. Agua se me hacen los ojos al repetirlo.


11.48 HORAS
Año nuevo, propósitos nuevos. Los mismos viejos incumplimientos. Decido realizar a conciencia el aseo de mi recámara (“La caverna del oso”, le llama Paulina). Arreo el polvo, no los recuerdos.

Además del closet (lleno de disfraces de ocasión, raídos la mayoría) y la cama, caben en mi habitación una mesa pequeña y dos sillas manufacturadas por indígenas, que yo he pintado de rojo sangre con margaritas. Alguna vez me referí a los folclóricos armatostes llamándoles “muebles de indios”. Paulina hirvió indignada. Se puso a pitar y a echar humo como una tetera multiorgásmica.

En esa mesa disfruto todos los días el inevitable café orgánico matutino; leo, dibujo, esculpo (con ele ) y pinto a veces. A veces le pongo música a las veleidades del tiempo con mi vieja armónica (violineta, dice el Flores Meneses que le llaman en Simojovel).

Desnudos, ella amagándome con sus pezones engreídos, en esa mesa Paulina y yo bebimos vodka con jugo de piña a cada rato. Fumamos. Desde ahí, yo lamiéndole como perro huérfano los pies, aspirándola de cuerpo entero (el olfato es la paloma exploradora del gusto) escuchamos a Sabina, a Bebe, a Bob Marley, a Cigala, a los troveros cubanos de todas las épocas, Silvio y Pablo incluidos, por supuesto.

Paulina tendida en la angosta mesa, su cabellera un charco de pelo; yo en el piso, parado sobre las puntas de mis pies, fornicamos. No digo “hicimos el amor” porque me saldrían ampollas en la lengua.

Algunos de esos acrobáticos embates tuvieron el clímax previsible: ella viniéndose -como jamás otro barraco pudo hacerla venir- en carcajadas. Yo, revolcándome en el piso presa de calambres en las pantorrillas.

Puedes creerlo o no, Valeria, es tu derecho, pero pulido a piel viva, laqueado a base de flujos corpóreos de la bella y la bestia, del betabel y la lechuga fresca combinados en proporciones justas, el rojo de la mesa se encendió.

Después de Paulina el cálido color es una flama. Es un fuego fatuo. Es un coyol de obispo. Es una pitahaya incandescente. Es una reverberación constante de nostalgias y sexuales fantasías. Ello, pese a que en varios intentos míos por crucificar a Paulina me quedé con los clavos en la mano. Sin martillo con qué enterrarlos.

Caben también en la recámara mi computadora y algunos libros. Caben mi insomnio y unas rústicas alas invisibles, armadas con ganchos para ropa y papel estraza, que uso para volar en sueños. Para soñar en vuelos.


13.24 HORAS

Quiero ordenar mis cosas, soltar lastre. Espulgo mi diezmado rebaño de libros. Desecho unos por deshojados y otros que sólo me sirvieron para tapar huecos, para espantarme el miedo a la compañía: Ejercicios de Yoga (jamás lo abrí antes de ahora); Mujeres complacientes / Hombres controladores (bofetón con couché blanco que me habrá querido propinar alguna dama, supongo): Una receta para cada día del año (regalo de un amigo cuando cumplí el primero de los nueve semestres desempleado y apenas si sacaba para la sopa Maruchan de cada día), Qué mísero y apagado se mira Dios junto a mi luminoso talento (Autobiografía en 9307854748 volúmenes del pintor
Manuel Suasnávar).

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