GUITALISTAS CHINOS CHIDOS, NO PILATAS
CATONAZO
No era un tílburi el carruaje en que doña Panoplia iba. Tampoco era berlina, victoria, jardinera, simón, manuela, faetón, landó, carretela, calandria, calesa o cabriolé. Era un desconchinflado carretón tirado por un jamelgo infame comparado con el cual Rocinante, pese a tener más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, era un Bucéfalo alejandrino, un moderno Sea Biscuit o un legendario Man O'War.
Sucedió que doña Panoplia, dama de la alta sociedad, fue invitada por su amiga Pelerina a pasar unos días en su finca rural de Cuitlatzintli. La rica propietaria envió a su cochero -"auriga", decía ella- a la estación del tren para que recogiera a su amiga Panoplia y la llevara a “Wham-bam Thank you Ma'am", que con ese pretencioso nombre se llamaba la finca de doña Pelerina.
Sucedió que en el camino el ruin caballo que tiraba del carricoche dejó escapar un fragoroso trueno tan potente que casi tiró de espaldas al postillón, y también a doña Panoplia, que iba sentada a su lado.
-¡Sacrebleu! -dijo mortificada la señora, que había estudiado francés en el Perrier-. ¡Qué pena!.
-¡Uta! -replicó el rudo cochero-. ¡Yo creí que había sido el caballo!





