CARNAVAL COITECO (OCOZOCUAUTLA CHIAPAS)

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sábado 21 de enero de 2012

1222 SECUESTRO EN BRONCE

SOBRE EL SECUESTRO DE LA NIÑA
Rodrigo Ramón Aquino


Quedamos de vernos este jueves a medio día en el café de los portales en el corazón de la capital coneja. Un día antes me había confiado la terrible noticia y no sabía si decirle calma, todo estará bien o ser un poco más sincero como a veces acostumbro cuando la sonrisa optimista que me caracteriza no se levanta conmigo, y lamentar con él la sentida desaparición permanente.

Con todo, no habría atinado a decir algo siquiera que valiera la pena, por esa razón lo cité al café, quizá de noche se me ocurriría algo que pudiera ser de mayor utilidad. No fue el caso. Así que le ofrecí, sentados ya en la mesa con las dos infusiones negras, aromáticas, mis oídos para escuchar.

“Se robaron a mi niña tojolabal”, me dijo. Yo intenté imaginarla (un retoño del escultor Robertoni Gómez, cuyo rostro, en palabras del poeta Efraín Bartolomé, fue “tallado a golpe de hacha/ pero su esencia se llama suavidad”), me pareció simpática, muy simpática, pero profundamente sola, alejada de la gente que la quiere y la aprecia. Quién pudo tener el valor de arrancar a la pequeña de la compañía de sus padres, dejar un trabajo textil incompleto y un marcado vacío en la foto familiar.

“Se la llevaron hace una semana”. Cuántas cosas no habrá pasado ya: vendida en el mercado a cambio de dos guajolotes y un saco de maíz; hecha pedacitos, bronce derretido, por unas cuantas monedas; abandonada en un patio trasero, obligada a bailar cada reunión de domingo. “¿Y si no vuelve?”, se pregunta afligido. No habrá más quien porte con la frente en alto las blusas de manta bordadas y las faldas de satín brillante con encajes de colores. No habrá quien herede los collares, los aretes y el tocado de mamá.

Lamento lo que siente. Pero qué más puedo hacer, que no sea poner el anuncio en el periódico o en un envase de leche y esperar a que las autoridades responsables se hagan cargo. Ya va aparecer, le digo con afanes alentadores, después de todo estamos en una ciudad segura. Él frunce el ceño y entonces sé que ya es tiempo de irme.


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